|

Jorge Carrasco Araizaga . Proceso
MÉXICO, D.F., 22 de agosto (apro).- La
llamada cumbre de seguridad y justicia llamó la atención no por la falta de
verdaderas propuestas de políticas públicas en materia de seguridad, sino
porque entre los asistentes estuvieron muchos de los responsables de la
delincuencia.
Como protectores de las bandas de secuestradores, narcotraficantes,
pederastas, lenones, defraudadores y tantas otras expresiones delictivas,
funcionarios federales, estatales, municipales, legisladores, jueces y
dirigentes partidistas se han convertido en la verdadera base de la
delincuencia.
Se ha dicho hasta el cansancio, en “términos economicistas”, que el mejor
incentivo que existe en México para delinquir es la certeza de que el delito
no será castigado más que en 2 o 3% de los casos.
Es la impunidad, y no tanto las leyes, la causa de esta nueva manifestación
de la crisis de inseguridad. Mucho menos con odiosos oportunismos como el
endurecimiento de las penas o el restablecimiento de la pena de muerte, como
pretenden lucrar Felipe Calderón y el Partido Verde, respectivamente.
Las más de las veces, la falta de castigo es deliberado. Ya sea porque los
policías municipales, estatales o federales son comprados por los
delincuentes o, de plano, porque forman parte de sus bandas.
También, porque los ministerios públicos –federales y estatales– son pagados
para integrar mal las averiguaciones previas y de esa manera abrir las
puertas para que los delincuentes salgan “legalmente”.
Otras veces la impunidad se plasma en las resoluciones de los jueces. Pero a
diferencia de los funcionarios de los poderes ejecutivos, éstos todavía
están protegidos por un grueso manto de opacidad que impide a la sociedad
conocer sus fallos.
Con el argumento de que “los jueces sólo hablan a través de sus sentencias”,
los juzgadores se excusan también en la comodidad que ya se volvió frase
común en los juzgados: “lo que no existe en el expediente, no existe en la
realidad”.
No son pocos los casos conocidos y padecidos por la sociedad mexicana en que
legisladores, gobernadores y funcionarios federales son evidenciados en sus
relaciones con la delincuencia.
Pero no pasa del escándalo, pues en México no se ha visto a ningún
gobernador, senador, diputado o secretario de Estado que haya sido siquiera
sometido a una verdadera investigación.
Los empresarios, que sólo cuando son víctimas reclaman como ahora, tampoco
son ajenos a la impunidad. Por décadas, se han conocido los fraudes
cometidos por algunos de éstos con recursos públicos, sin que haya pasado
nada.
Sólo por consigna política o personal de los funcionarios públicos, los
empresarios han sido perseguidos y pasado algún tiempo en la cárcel. Pero
del dinero no se vuelve a saber nada.
Cada sexenio, los funcionarios federales y su entorno terminan enriquecidos.
Algunos, hasta la obscenidad.
Lo mismo ha sucedido con el PRI, el PAN y el PRD. Ya en los congresos, ya en
los poderes ejecutivos.
Los partidos políticos también forman parte de la enorme red delictiva que
cubre al país. ¿Cuántos de sus presidentes municipales, regidores o
legisladores no trabajan para la delincuencia?
El mensaje cotidiano para los mexicanos por parte de las elites políticas y
económicas es el de la impunidad.
No es sólo un problema de policías, de bases de datos, células de identidad
o tareas a 100 días como se empezará a resolver el problema. Eso es apenas
la superficie.
El problema de fondo es que en México, los delincuentes se han encumbrado.
|